YO DIGO SÍ A LA PAZ

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viernes, 20 de febrero de 2015

MEDIO AMBIENTE, JUSTICIA TRANSICIONAL Y PROCESO DE PAZ

Germán Ayala Osorio, comunicador social y politólogo

A partir de los incuestionables avances en el proceso de paz y negociación que se adelanta en La Habana, se espera que las conversaciones terminen y/o conduzcan hacia el fin del conflicto armado entre el Estado y las Farc. Con la firma del armisticio, la dejación de armas, la desmovilización de los guerrilleros farianos o la transformación en un cuerpo de policía rural y/o su reintegración a la vida civil, el país avanza hacia la construcción de estadios de posacuerdos, posguerra y ojalá, de posconflicto[1], en donde finalmente se debería consolidar la paz.

Ponerle fin al conflicto no sólo debe hacer posible la disminución efectiva de muertos y heridos tanto en las filas de las Farc, como en las de las fuerzas oficiales que defienden al Estado, sino que dará un respiro importante a los ecosistemas naturales afectados por la presencia y las acciones de combatientes en zonas biodiversas de especial valor ambiental. Eso sí, hay que señalar que la variable ambiental no tiene un lugar privilegiado en lo acordado hasta el momento, pero ello no es óbice para que desde la sociedad civil y en particular desde la Academia, se vaya pensando en la necesidad de que, de cara a escenarios de posguerra y posacuerdos, las partes y el país entero empiecen a darle al tema del medio ambiente y la reparación ambiental, un lugar preponderante.

Así como han faltado reglas para humanizar el conflicto, se echan de menos medidas de mitigación ambiental en quienes combaten en zonas inhóspitas que terminan por desquiciar a quienes no sólo deben cuidar sus vidas de las balas enemigas y procurar hacerle daño al enemigo, sino que todo el tiempo deben cuidarse de los “males” que la selva produce, como las picaduras de serpientes y las letales del conocido mosquito Pito.

El país aún no ha cuantificado los daños ambientales que la guerra interna ha generado en ecosistemas naturales. Quizás lo haga mientras diseña y consolida escenarios de posguerra y posacuerdos. Es urgente que esas valoraciones se hagan para que la sociedad y el Estado sepan cuánto costará reparar el medio ambiente que los combatientes, de disímiles maneras, han afectado en estos 50 años de conflicto armado interno.

Una vez valoradas las afectaciones socio ambientales, habrá que caminar hacia el diseño e implementación de estrategias de reparación ambiental que permitan, por ejemplo, reforestar zonas boscosas, descontaminar ríos y descifrar con claridad qué especies vegetales y animales están en peligro de extinción, bien por los efectos directos de las hostilidades, la instalación física de campamentos de los combatientes o el consumo indiscriminado de dantas, guaguas y tapires, entre otros animales.

Medio ambiente y justicia transicional

De acuerdo con las circunstancias que se logren consensuar y consolidar en un proceso de justicia transicional, reparar el medio ambiente debe mirarse como una alternativa jurídica para los jefes de las Farc procesados y condenados por los delitos que finalmente la justicia colombiana logre demostrar. Es decir, dentro de la alternatividad de las penas a proferir, reparar el medio ambiente podría resultar importante.

Acompañados por guerrilleros rasos que conozcan muy bien las zonas selváticas y montañosas señaladas para aplicar en ellas procesos de reparación ambiental, los líderes de las Farc podrían desarrollar actividades de reforestación y recuperación de ecosistemas e incluso, de reincorporación de especies animales a los hábitats de donde fueron expulsados o fuertemente disminuidos en su población. Todo lo anterior, deberá hacerse con el acompañamiento del Ministerio del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible, las CAR y un grupo, ojalá numeroso, de ecólogos, ingenieros forestales, botánicos y zootecnistas, entre otros.

Para ello, se requerirá de recursos técnicos, humanos y económicos que aseguren procesos exitosos de reparación ambiental de aquellas zonas, especialmente afectadas por la presencia y las acciones de los combatientes.    

Lo cierto es que en La Habana se habla con mayor propiedad y preocupación por el reconocimiento y la reparación de las víctimas de los actores armados que durante 50 años se han enfrentado en el contexto del conflicto armado interno. Sin duda, es una prioridad. Ello no tiene discusión y el Estado y la sociedad deben hacer todo para que ello se dé no sólo en términos económicos, sino en lo que corresponde a la reconstrucción identitaria de las víctimas de actores como la Fuerza Pública, guerrillas y paramilitares, enfrentados en este largo y degradado conflicto.

Pero poco se habla de reparar los ecosistemas naturales afectados por las dinámicas del conflicto armado interno, en especial cuando se producen bombardeos por parte de las fuerzas estatales, sobre campamentos guerrilleros, se depredan bosques para la construcción de campamentos, móviles y fijos de guerrillas y paramilitares y por la presencia de los cultivos de amapola y coca; y por supuesto, por la fumigación con glifosato de zonas de parques naturales (Plan Colombia) y de zonas de cultivos de pan coger de campesinos y colonos. De igual forma, los efectos negativos que deja la construcción de laboratorios para el procesamiento de alcaloides, manejados por narcos, Paramilitares, bandas criminales y guerrilleros, así como la destrucción de los mismos, por parte de las autoridades. Y a ello se suma, los efectos socio ambientales que viene dejando la explotación de oro a lo largo y ancho del territorio colombiano.

También hay que considerar la presencia permanente o flotante de combatientes en zonas selváticas y montañosas viene generando de tiempo atrás impactos socio ambientales que el país poco registra y conoce. Pensemos por un instante en las siguientes acciones que guerrilleros y militares han realizado en las zonas selváticas en donde suelen combatir por el control territorial: pesca con explosivos, tala de árboles para construcción de campamentos, destrucción del llamado soto bosque, procesos efectivos de defaunación por cuenta del consumo indiscriminado de especies animales y la captura de ciertos animales que terminan domesticados por los combatientes; bombardeos indiscriminados, destrucción de laboratorios para el procesamiento de pasta de coca y la instalación misma de esos laboratorios en ecosistemas frágiles, entre otras actividades desarrolladas por guerrilleros[2] y soldados.

Así entonces, como país biodiverso, Colombia debe hablar más con mayor fuerza e ímpetu de reparación  de una biodiversidad frágil que, además de soportar un modelo de desarrollo social y ambientalmente insostenible, y la extracción incontrolada de recursos del suelo y del subsuelo, sufre las consecuencias de una guerra interna en la que los actores armados depredan bosques y contaminan fuentes de agua.

Por la debilidad del Estado, por la cooptación privada y mafiosa de sus instituciones y de los recursos públicos, y por la inexistencia de un pensamiento ambiental[3] acorde con las circunstancias y mayores responsabilidades que impone ser un país biodiverso, Colombia crece económicamente bajo un modelo de desarrollo que depreda y pone en riesgo la calidad de vida de futuras generaciones.

Mientras tanto, en los diálogos de paz que adelantan el Gobierno de Santos y la dirigencia de las Farc en La Habana,  el tema de la reparación ambiental no aparece en la Agenda pactada. El tema ambiental sigue siendo un asunto marginal, una externalidad. Y es claro que las Farc es un grupo armado ilegal que, sin duda, ha depredado y violentado frágiles ecosistemas[4]. No olvidemos que las Farc han construido carreteras y campamentos en zonas biodiversas y cazan y capturan animales sin mayores consideraciones ecosistémicas.

Los efectos que la guerra interna deja hasta el momento en el medio ambiente, deberían de ser considerados no sólo por los negociadores, sino por la Academia y actores de la sociedad civil, en especial ONG ambientales, de cara a la construcción de escenarios de posconflicto en los que el medio ambiente por fin sea un asunto transversal y nuclear para la sociedad colombiana de los posacuerdos y del posconflicto.

El asunto no es menor. Por el contrario, reviste la mayor importancia. Pero se requiere, además de una coherente conciencia ambiental, un pensamiento ambiental que guíe la discusión no sólo de cómo cuantificar los daños ambientales dejados por los actores armados, legales e ilegales, sino del tiempo, los costos y las condiciones que demandará la reparación de frágiles ecosistemas sometidos a los fragores de una guerra sucia y degradada.

Esta tarea bien la puede asumir el Sistema de Cuentas Ambientales, eso sí, ampliando sus alcances, que según Gloria Cecilia Vélez Arboleda y Paula Andrea Cárdenas Henao,  están para “conocer y cuantificar las riquezas naturales que posee y además corregir los impactos que genera la producción económica sobre los recursos naturales y el medio ambiente, es decir, en el Sistema de Cuentas Ambientales se involucran los recursos naturales y el medio ambiente como activos que, incorporados a la actividad económica, incrementan o disminuyen su capacidad de crecimiento actual y futuro. De esta forma, los recursos naturales ya no son tratados como bienes libres y de oferta ilimitada, sino que adquieren la característica de bienes escasos que al asignarles la categoría de activos, deben ser valorados como tales en términos monetarios y se debe proceder a calcular tos costos de su agotamiento y degradación”[1].


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Imagen tomada de wwf.es



[2] La voladura de oleoductos es una práctica que bien puede calificarse como ecocida. De sus efectos, poco informan las autoridades ambientales.

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